miércoles, 24 de febrero de 2016

Un mismo destino para todos

Todas las formas de vida que poblamos en este precioso planeta, tenemos varias cosas en común que nos conectan de alguna manera, dándonos a entender que la  vida en su conjunto tiene un mismo origen y muy probablemente, un mismo destino.  Sin embargo, de entre todas esas cosas en las que nos pareceremos, una destaca sobre el resto. Una similitud sobre la que si reflexionamos atentamente, quizás podamos rascar algo de esa verdad oculta que desconocemos al venir al mundo, y que por alguna razón, nuestros corazones nunca pueden dejar de perseguir. ¿Por qué estamos aquí? ¿De dónde venimos y a dónde vamos? ¿Qué sucede cuando morimos? ¿Desaparecemos o vamos a otro lugar en el que nuestra existencia continúa? Son muchas las preguntas que parecen no tener respuesta.

La similitud de las que os hablo no es otra que la temida, veraneada y respetada muerte. Unos tardan más, otros tardan menos, pero antes o después, todos moriremos. Nadie puede escapar a ese destino que nos espera al final del camino. Se trata de una verdad muy obvia, lo sé. No he descubierto nada nuevo. Pero la pregunta que me hago ahora es, ¿Por  qué tenemos que morir?

Tenemos ya el concepto de la muerte tan asumido que rara vez nos paramos a pensar acerca de su significado. Sin embargo, Hay muchas cosas que yo personalmente no entiendo. Por ejemplo, por qué no podemos estar aquí eternamente. ¿Sabías que el cuerpo humano renueva todas las células que lo componen cada 7 años? Podemos regenerarnos y cambiar las células antiguas por células nuevas, pero a pesar de todo nuestro cuerpo envejece. ¿No es esto algo muy raro? Si las células que forman nuestro organismo se están renovando constantemente, ¿Por qué nuestro aspecto tiene que cambiar deteriorándose hasta el punto llegar a consumir su último aliento? ¿Por qué de entre las numerosísimas formas de vida que existen, ninguna ha logrado encontrar un método para mantenerse con vida eternamente? No debería de ser tan difícil. Mientras se dispusiera de alimento y agua, no sería tan descabellado pensar que se pudiera encontrar la manera de auto regenerarse constantemente de tal forma que la muerte por causas naturales pasara a formar parte del pasado.

Sin embargo, por alguna razón, parece que esa hipótesis  no es posible. Por lo visto, la muerte está escrita en lo más profundo de nuestro ser. Dentro de nuestras células,  en su componente más pequeño. Las cadenas de ADN. Las instrucciones que rigen la vida dicen que tenemos que perecer. Así de claro. Ya podemos estrujarnos el cerebro para encontrar un modo de evitarlo, desarrollar la mejor de las tecnologías, cambiar nuestros órganos viejos por otros jóvenes… solo ganaremos tiempo. La muerte se cobrará nuestra vida algún día.

El hecho de que este sea un destino implacable, me da mucho que pensar. Y después de reflexionar tranquilamente sobre el asunto, solo puedo llegar a una conclusión. Este planeta no es nuestro sitio. Solo estamos aquí por una temporada y las reglas del juego dicen que no podemos quedarnos. Venimos, hacemos lo que podamos dentro de los años que nuestro cuerpo dure y luego volvemos. Esa es la única explicación que mi mente racional puede asumir.  Así que más nos vale aprovechar el tiempo para hacer lo que sea que he venido a hacer, porque los años pasan rápido, muy rápido.

Vivir en este paradigma me evoca sentimientos enfrentados. Sin embargo, en su mayor parte, la sensación es de alivio. Me consuela saber que los seres queridos que me dejaron, no han desaparecido para siempre. Simplemente, para ellos se acabó el juego y regresaron al mismo lugar desde el que vinieron.  Al mismo al que yo y toda la vida de este planeta también iremos algún día. La única pena que me queda, es no poder compartir más pasos del camino a su lado.

“Despierta, no estás aquí para siempre. Si no estás atento, tu vida pasará en un suspiro”






jueves, 4 de febrero de 2016

Cuando la edad no lo es todo

A lo largo del tiempo siempre se ha medido la madurez  de las personas en función de la edad. Siempre se ha deducido que a más años, mayor es la madurez y sabiduría poseen. Es como si el ser humano fuera madurando de forma natural a medida que pasa el tiempo.  Sin embargo, empiezo a tener serias dudas acerca de esta forma de pensar. Todavía no he llegado a ver pasar la mitad de las primaveras de las que espero poder disponer a lo largo de mi vida pero en este tiempo he constado como la regla de la edad no se cumple en numerosas ocasiones. He conocido personas que con un buen puñado de años a sus espaldas, todavía parecían estar en la adolescencia y al contrario, jóvenes con una mentalidad propia de un intelectual bien entrado en los cincuenta.

Es cierto que cuanto más tiempo de vida tengas, se deduce que has tenido más oportunidades de aprender y de vivir nuevas experiencias. Pero el tiempo no lo es todo. También es muy importante la vida que lleves o decidas llevar. Si no sales a menudo de tu zona de confort y cada día es una copia del anterior, tal y como le ocurre a muchísima gente, al final da igual cuantos años pases sobre el planeta, tu yo de hoy y tu yo de dentro de un tiempo no habrá cambiado mucho.  Lo que realmente te hace madurar son principalmente dos cosas, los nuevos conocimientos y las nuevas experiencias.

El cerebro está pensado para ahorrar energía siempre que le es posible. En el momento en el que empiezas a hacer casi lo mismo cada día, ves a la misma gente, hablas de los mismos temas, ves los mismos programas de televisión etc, tu cerebro se relaja y se pone en modo automático. Ya no le hace falta pensar y analizar la situación para saber cómo tiene que desenvolverse. Digamos que ha encontrado una rutina a la que aferrarse. Es genial si lo vemos desde el punto de vista de la supervivencia. Pero no si lo que queremos es vivir en vez de sobrevivir. Esta forma de hacer las cosas no es la ideal si nuestra intención es avanzar en el camino de lo personal. Yo estoy convencido de que no hemos venido a este mundo para ver pasar nuestros años bajo la seguridad de lo conocido. Cuando realmente progresamos es cuando salimos de nuestra zona de confort y nos enfrentamos a la incertidumbre. Maduramos cuando luchamos contra nuestros miedos y los superamos.  Crecemos cuando cazamos nuevas experiencias y nuestro cerebro se ve obligado a expandir sus circuitos neuronales para poder estar a la altura de la vida que llevamos.  Si queremos que nuestra madurez vaya acorde con nuestra edad,  no podemos permitirnos repetir el mismo día una y otra vez.

Quizás, en el futuro no midamos la madurez por los años de vida, sino por la suma de nuevas experiencias y conocimientos que hayamos sido capaces de recopilar. Lamentablemente, estas variables son prácticamente imposibles de cuantificar.

“Vivimos en el mundo en el que paradójicamente, existen ancianos de 30 años y adolescentes de 60”