lunes, 13 de junio de 2016

El cuerpo humano, la mayor de nuestras posesiones



La forma en la que tratamos cada día nuestro cuerpo nos da a entender el nivel de importancia que le damos. Por lo general percibo que no se le otorga mucho valor porque de otra forma no puedo entender algunos de los comportamientos más comunes que frecuentemente vemos en las personas.

Desde hace tiempo que me dedico a cuidar todo lo que tiene que ver con la salud porque soy plenamente consciente de que cuerpo, solo hay uno y nos tiene que durar toda una vida. Pero fue una reflexión que leí hace poco la que de verdad me hizo darme cuenta del incalculable valor que en realidad tiene. Decía que una vez, a un hombre lo ofrecieron 300.000 euros por comprarle uno de sus ojos. Alguien desesperado por recuperar parte de la vista que había perdido quería implárselo. Ese hombre rechazó la oferta pero en ese mismo momento no pudo hacer otra cosa que preguntarse, si un solo ojo podía llegar a venderse por esa grandísima suma de dinero, ¿Cuánto podría llegar a valer el cuerpo entero? ¿Cuánto pagaría un hombre por conseguir un brazo que ha perdido, un pulmón que ya no le funciona o un corazón que le permitiera seguir viviendo cuando la muerte ya casi le ha alcanzado? No me arriesgo a dar una cifra pero estoy seguro que sería mucho dinero.

A pesar de esto, podemos encontrar con cierta facilidad a personas que le dedican más cuidados un coche que les ha costado 20.000 €, que a una maquina increíblemente sofisticada valorada en una cifra mucho mayor a 2.000.000 €. ¿No es esto increíble? ¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué nos alimentamos con esa comida basura que nos venden en los supermercados sabiendo ya a ciencia cierta que nos acabará pasando factura? ¿Por qué nos empeñamos en hacer barbaridades que no hacen otra cosa que deteriorar poco a poco la mayor de nuestras posesiones? Simplemente porque recibamos un cuerpo gratis al nacer no quiere decir que no sea tremendamente valioso.

Creo que es muy importante que nos hagamos estas preguntas y nos paremos a reflexionar un poco acerca de este asunto. Podemos llegar a cambiar todo el paradigma con el que hemos estado viviendo los últimos años en tan solo unos minutos si somos capaces de ver la realidad de la súper máquina que estamos manejando.

“Todas las posesiones que hayamos acumulado a lo largo de la vida se pueden volver a recuperar con dinero excepto una cosa, la salud”





miércoles, 1 de junio de 2016

Las sombras del consumo

En la sociedad consumista en la que vivimos, cada vez son más las personas que se dan cuenta de los perjuicios que en realidad tiene perseguir ese afán incansable por adquirir nuevas posesiones. Sin embargo, la gran mayoría todavía sigue basando gran parte de su felicidad en aquello que pueden tener.

Cuando estudiaba en el extranjero tenía compañeros procedentes de diversos países. Los profesores solían preguntarnos a menudo en clase con el fin de entablar conversación, cuales eran nuestras aficiones. Había un grupo de chicas taiwanesas que siempre contestaban lo mismo, “Ir de compras”. Es increíble que hayamos normalizado un verbo que consiste en quedar para gastar dinero en cosas que posiblemente no necesitamos simplemente por diversión. Por el placer de consumir. Por esa dosis de felicidad efímera que te aporta adquirir algo nuevo. Lo peor de todo es que se trata de una afición socialmente aceptada, como podría ser jugar al futbol o pintar cuadros. Cuanto más reflexiono sobre el concepto, más alucinante me parece.

Estoy totalmente seguro de que la mayoría de las personas que son asiduas al hábito de comprar piensan que con cada transacción, se van a sentir mejor y más felices. Sin embargo, posiblemente desconozcan acerca de las sobras que tiene esta nueva forma de pasar el rato que hemos inventado en occidente. A continuación enumero los que a mi juicio son puntos negativos salir de compras:
-          Pérdida de valor inmediata: A no ser que seas un comprador con mucha cabeza, la mayor parte de las adquisiciones que hagas perderán el 30 % de su valor justo en el momento de la transacción si no más. En el caso de que luego quisieras intercambiarlo por efectivo de nuevo, seguramente tendrías que venderlo a la mitad de su precio. A todos nos ha pasado que hemos comprado algo con mucha ilusión pero al final, solo hemos acabado por utilizarlo un par de veces en toda la vida. Y para más inri, en vez de venderlo, lo más habitual es que se quede en un rincón cogiendo polvo durante años. En el caso de habernos gastado 100 € y solo haberlo usado dos veces, cada uso tuvo un coste de 50€, ¿Un alquiler un poco caro no?

  1. Robo de tiempo: Las compras son un derroche de tiempo en muchos sentidos. El primero son las horas que inviertes en buscar el objeto deseado ideal. Una vez en casa, hay muchas situaciones que van a consumir tu preciado tiempo en relación a dicho objeto. Por ejemplo, limpiarlo, cambiarlo de un sitio a otro siempre que organices la casa. Si te lo piden prestado tendrás que estar atento que te lo devuelvan porque si no, te podes ir olvidando de él. Si haces una mudanza, tendrás que llevarlo hasta tu nuevo hogar. Si se estropea, deberás de llevarlo al servicio técnico, luego recogerlo y rezar porque no se vuelva a escacharrar. Y así podemos seguir un rato porque seguro que me dejo cosas. 
  2. Ataduras innecesarias: Los objetos materiales que tienes en posesión son como pesadas anclas que impiden tus movimientos. Si tienes que cambiar de ciudad por motivos laborales, ¿Qué vas a hacer con todas tus pertenencias? Seguramente querrás llevarlas contigo. Vivimos en un mundo que se ha vuelto inestable y cambiante. Antes era fácil instalarte en una ciudad y pasar allí el resto de tu vida pero en la actualidad, esa opción no la veo tan clara. Cuantos más lastres tengas, más lentos serán tus movimientos y tu capacidad de reacción ante el medio. Tus posesiones se convertirán en una preocupación más que en una fuente de felicidad.
  3. Coste de recursos para el planeta: Este es un perjuicio más global porque aunque a primera vista, la negatividad de sus efectos no sea palpable en tu vida de forma directa, antes o después todos acabaremos pagando las consecuencias de este consumo desenfrenado al que hemos llegado. Piensa que para fabricar cada cosa, hacen falta recursos. Vivimos en un planeta que ya tiene casi 8.000 millones de personas. Satisfacer la incesante demanda de tanta gente no es fácil y hacen falta muchos materiales que cada vez son más escasos. La velocidad con la estamos acabando con todo es pasmosa. Quien sabe a qué vamos a llegar como no hagamos un cambio profundo en nuestras costumbres y dejemos de basar el bienestar de nuestras economías en consumir sin descanso. Antes de hacer una compra, piénsalo dos veces. Sobre todo, hazte una pregunta. ¿Realmente lo necesito? La mayor parte de las veces, la respuesta será, NO.
  4. Pérdida de oportunidades: El dinero que inviertes en una compra, ya no lo puedes utilizar para otra cosa. A no ser que seas un millonario, tendrás que elegir entre una gran variedad de opciones. Cada vez que hagas una compra innecesaria, habrás perdido una oportunidad.
  5. Lo material se queda pero el camino recorrido te lo llevas: Vinimos al mundo sin posesiones y cuando nos vayamos él, todas las que hayamos acumulado, se quedarán aquí. No las podemos llevar al lugar al que vamos. Sin embargo, aunque esto ya es una cuestión de creencias que puedes compartir conmigo o no, yo apuesto por que todo el camino que hayamos recorrido aquí en forma de aprendizaje y experiencias, se vendrá con nosotros al más allá. La persona que ere hoy es una suma de todas tus experiencias vividas que poco a poco te han ido dando forma. Son parte de nosotros y no concibo que todo eso desaparezca una vez llegue el día que tengamos que dejar este mundo.


Como verás, ir de compras tiene más contrapartidas de lo que en un principio te imaginabas. Es importante que seamos conscientes de ellas para que luego no nos extrañemos tanto cuando a pesar de todas nuestras posesiones, no nos sintamos tan satisfechos. Y ojo, no estoy diciendo que nos obsesionemos con no adquirir nada, pero sí que propongo al lector que medite bien cada uno de sus gastos, sobre todo, si es para comprar una posesión material. 

“Deja de cargar tu mochila con peso innecesario. El camino es muy largo”





sábado, 16 de abril de 2016

¿Y si hoy fuera el último día de tu vida?

Hoy escribo con satisfacción porque por fin he encontrado un enfoque que me permite aprovechar un concepto que me parecía interesante pero al que no conseguía sacarle partido. En varios de los libros de desarrollo personal que he leído, hablan sobre una herramienta que nos ayuda a filtrar, de entre todas las opciones en las que podríamos invertir nuestro tiempo, las que realmente son importantes para nosotros. El objetivo es poner el foco en el camino que de verdad queremos recorrer y no dedicarnos a ir pasando de una senda a otra sin un rumbo claro.

La herramienta consiste en intentar imaginar qué es lo que haríamos si hoy fuera el último día de nuestra vida. Si las respuestas que nos llegan a la mente no coinciden con lo que habíamos decidido hacer, entonces es que algo anda mal.

Hasta hace bien poco he intentado aplicarlo en mi rutina diaria pero siempre me topaba con el mismo obstáculo.  Cuando me hago esa pregunta, la respuesta siempre es la misma, lo pasaría abrazado a mi familia y a la gente que más quiero y no a seguir desarrollando mi proyecto personal por mucho que me apasione. Si en vez de un día, fuera un mes, creo que tampoco lo dedicaría a nada que no fuera absolutamente personal ya que, en un mes, ¿Realmente sería suficiente para lograr algo? La mayor parte de los proyectos requieren de tiempo y constancia. Si supiera que solo me queda un mes, muy a mi pesar lo pasaría disfrutando de la vida al 200%. ¿Y si fuera un año? Bueno… en un año quizás sí que habría tiempo para poder conseguir alguna de las metas que ahora tengo marcadas en mi lista pero… debería que dedicarme a tiempo completo y dejar de lado muchas de las cosas que también me gustaría experimentar en el efímero tiempo que me queda de vida. 

Sin embargo, la situación cambia mucho si al levantarnos por la mañana imaginamos que solo nos quedan 5 años de vida. Aquí ya todo es diferente. En 5 años tenemos tiempo pero tampoco tanto. Si de verdad nos obligamos por un momento a situarnos en esta realidad, quizás las respuestas a la pregunta de ¿Qué haría hoy? Serían diferentes. Por lo menos para mí sí lo son. Veo con más claridad qué es lo realmente importante y qué es prescindible. Me aporta visión pero mis ganas por disfrutar de la vida no me apartan de mis objetivos. En 5 años tengo tiempo de dejar una huella en el mundo y de gozar de los pequeños placeres de la vida. Eso sí, no me puedo permitir el lujo de  entretenerme con banalidades. Necesito hacer un esfuerzo por filtrar y desechar lo que no vale.


“Ahora me levanto cada mañana pensando que solo me quedan 5 años. Todo el tiempo de más, es un regalo”



martes, 12 de abril de 2016

Un Yin para cada Yan

¿Alguna vez te has fijado que en la vida siempre existe una cosa y la contraria? ¿Un negativo para cada positivo? ¿La nada para el infinito? ¿Un yin para cada Yan? Esta es una de esas reflexiones que hasta que no te planteas, pasa totalmente desapercibida y puede que a simple vista carezca de importancia pero, a mí me parece un hecho muy curioso sobre lo que vale la pena pararse un rato a pensar.

Le he dado muchas vueltas buscando casos que puedan romper esta teoría pero al final, siempre acabo encontrando un opuesto que respalda la veracidad de esta regla. Aquí van unos cuantos ejemplos: Dulce y salado, Vida y muerte, Alto y bajo, gordo y flaco, guapo y feo, luminoso y oscuro, inteligencia y estupidez, locura y cordura, amor y odio, simpático y antipático, guerra y paz, Sonido y silencio, sencillo y complejo, hombre y mujer, valor y cobardía, sano y enfermo… así podría continuar hasta terminar escribiendo un libro.

La cuestión es, ¿Por qué siempre se manejan dos variables? ¿Por qué no 3? Es como si fuera una ley que dijera que deben de ser siempre 2. Como una línea con dos extremos, el positivo y el negativo. Sobre la línea caen los puntos. Pueden estar más a la izquierda o más a la derecha pero solo pueden ubicarse en esa línea recta que va de un lado al otro.  Una línea por cada concepto. Dos lados por cada línea.

No sé exactamente cuál sería la aplicación de esta idea para nuestra vida cuotidiana pero lo que sí sé es que cuanto más conozco cómo funciona el mundo, más precisos son mis movimientos dentro de él.

“Una pieza más del complejo puzle que conforma la vida”



miércoles, 24 de febrero de 2016

Un mismo destino para todos

Todas las formas de vida que poblamos en este precioso planeta, tenemos varias cosas en común que nos conectan de alguna manera, dándonos a entender que la  vida en su conjunto tiene un mismo origen y muy probablemente, un mismo destino.  Sin embargo, de entre todas esas cosas en las que nos pareceremos, una destaca sobre el resto. Una similitud sobre la que si reflexionamos atentamente, quizás podamos rascar algo de esa verdad oculta que desconocemos al venir al mundo, y que por alguna razón, nuestros corazones nunca pueden dejar de perseguir. ¿Por qué estamos aquí? ¿De dónde venimos y a dónde vamos? ¿Qué sucede cuando morimos? ¿Desaparecemos o vamos a otro lugar en el que nuestra existencia continúa? Son muchas las preguntas que parecen no tener respuesta.

La similitud de las que os hablo no es otra que la temida, veraneada y respetada muerte. Unos tardan más, otros tardan menos, pero antes o después, todos moriremos. Nadie puede escapar a ese destino que nos espera al final del camino. Se trata de una verdad muy obvia, lo sé. No he descubierto nada nuevo. Pero la pregunta que me hago ahora es, ¿Por  qué tenemos que morir?

Tenemos ya el concepto de la muerte tan asumido que rara vez nos paramos a pensar acerca de su significado. Sin embargo, Hay muchas cosas que yo personalmente no entiendo. Por ejemplo, por qué no podemos estar aquí eternamente. ¿Sabías que el cuerpo humano renueva todas las células que lo componen cada 7 años? Podemos regenerarnos y cambiar las células antiguas por células nuevas, pero a pesar de todo nuestro cuerpo envejece. ¿No es esto algo muy raro? Si las células que forman nuestro organismo se están renovando constantemente, ¿Por qué nuestro aspecto tiene que cambiar deteriorándose hasta el punto llegar a consumir su último aliento? ¿Por qué de entre las numerosísimas formas de vida que existen, ninguna ha logrado encontrar un método para mantenerse con vida eternamente? No debería de ser tan difícil. Mientras se dispusiera de alimento y agua, no sería tan descabellado pensar que se pudiera encontrar la manera de auto regenerarse constantemente de tal forma que la muerte por causas naturales pasara a formar parte del pasado.

Sin embargo, por alguna razón, parece que esa hipótesis  no es posible. Por lo visto, la muerte está escrita en lo más profundo de nuestro ser. Dentro de nuestras células,  en su componente más pequeño. Las cadenas de ADN. Las instrucciones que rigen la vida dicen que tenemos que perecer. Así de claro. Ya podemos estrujarnos el cerebro para encontrar un modo de evitarlo, desarrollar la mejor de las tecnologías, cambiar nuestros órganos viejos por otros jóvenes… solo ganaremos tiempo. La muerte se cobrará nuestra vida algún día.

El hecho de que este sea un destino implacable, me da mucho que pensar. Y después de reflexionar tranquilamente sobre el asunto, solo puedo llegar a una conclusión. Este planeta no es nuestro sitio. Solo estamos aquí por una temporada y las reglas del juego dicen que no podemos quedarnos. Venimos, hacemos lo que podamos dentro de los años que nuestro cuerpo dure y luego volvemos. Esa es la única explicación que mi mente racional puede asumir.  Así que más nos vale aprovechar el tiempo para hacer lo que sea que he venido a hacer, porque los años pasan rápido, muy rápido.

Vivir en este paradigma me evoca sentimientos enfrentados. Sin embargo, en su mayor parte, la sensación es de alivio. Me consuela saber que los seres queridos que me dejaron, no han desaparecido para siempre. Simplemente, para ellos se acabó el juego y regresaron al mismo lugar desde el que vinieron.  Al mismo al que yo y toda la vida de este planeta también iremos algún día. La única pena que me queda, es no poder compartir más pasos del camino a su lado.

“Despierta, no estás aquí para siempre. Si no estás atento, tu vida pasará en un suspiro”






jueves, 4 de febrero de 2016

Cuando la edad no lo es todo

A lo largo del tiempo siempre se ha medido la madurez  de las personas en función de la edad. Siempre se ha deducido que a más años, mayor es la madurez y sabiduría poseen. Es como si el ser humano fuera madurando de forma natural a medida que pasa el tiempo.  Sin embargo, empiezo a tener serias dudas acerca de esta forma de pensar. Todavía no he llegado a ver pasar la mitad de las primaveras de las que espero poder disponer a lo largo de mi vida pero en este tiempo he constado como la regla de la edad no se cumple en numerosas ocasiones. He conocido personas que con un buen puñado de años a sus espaldas, todavía parecían estar en la adolescencia y al contrario, jóvenes con una mentalidad propia de un intelectual bien entrado en los cincuenta.

Es cierto que cuanto más tiempo de vida tengas, se deduce que has tenido más oportunidades de aprender y de vivir nuevas experiencias. Pero el tiempo no lo es todo. También es muy importante la vida que lleves o decidas llevar. Si no sales a menudo de tu zona de confort y cada día es una copia del anterior, tal y como le ocurre a muchísima gente, al final da igual cuantos años pases sobre el planeta, tu yo de hoy y tu yo de dentro de un tiempo no habrá cambiado mucho.  Lo que realmente te hace madurar son principalmente dos cosas, los nuevos conocimientos y las nuevas experiencias.

El cerebro está pensado para ahorrar energía siempre que le es posible. En el momento en el que empiezas a hacer casi lo mismo cada día, ves a la misma gente, hablas de los mismos temas, ves los mismos programas de televisión etc, tu cerebro se relaja y se pone en modo automático. Ya no le hace falta pensar y analizar la situación para saber cómo tiene que desenvolverse. Digamos que ha encontrado una rutina a la que aferrarse. Es genial si lo vemos desde el punto de vista de la supervivencia. Pero no si lo que queremos es vivir en vez de sobrevivir. Esta forma de hacer las cosas no es la ideal si nuestra intención es avanzar en el camino de lo personal. Yo estoy convencido de que no hemos venido a este mundo para ver pasar nuestros años bajo la seguridad de lo conocido. Cuando realmente progresamos es cuando salimos de nuestra zona de confort y nos enfrentamos a la incertidumbre. Maduramos cuando luchamos contra nuestros miedos y los superamos.  Crecemos cuando cazamos nuevas experiencias y nuestro cerebro se ve obligado a expandir sus circuitos neuronales para poder estar a la altura de la vida que llevamos.  Si queremos que nuestra madurez vaya acorde con nuestra edad,  no podemos permitirnos repetir el mismo día una y otra vez.

Quizás, en el futuro no midamos la madurez por los años de vida, sino por la suma de nuevas experiencias y conocimientos que hayamos sido capaces de recopilar. Lamentablemente, estas variables son prácticamente imposibles de cuantificar.

“Vivimos en el mundo en el que paradójicamente, existen ancianos de 30 años y adolescentes de 60”



domingo, 10 de enero de 2016

La importancia de las creencias

Todos los seres humanos que existen en el universo conviven en un mismo planeta. Un lugar que se rige por las mismas leyes naturales. Un lugar en el que puedes encontrar los mismos elementos químicos y en el que todo parece estar regido por los mismos principios. Solo hay una verdad para explicar cada acontecimiento que sucede. No existen dos leyes de la gravedad distintas. Solo hay una verdadera. Sin embargo, parece irónico que cada una de las personas que habita esta bola gigante de materia suspendida en el espacio, tenga una realidad de cómo es el mundo diferente a la del resto. Yo incluso diría que existe una realidad por cada individuo. Las realidades se diferencian más o menos las unas de las otras principalmente en función del lugar de nacimiento. Las realidades de las personas que han nacido en el Africa, son más diferentes que las realidades de las personas que han nacido en Europa. Pero incluso dentro del mismo país, una misma ciudad, un mismo pueblo y una misma escuela, podríamos encontrar dos personas que albergan en su mente una forma de concebir el mundo muy diferente.

¿Y esto a que se debe? En mi humilde opinión diría que, la realidad de cada individuo viene totalmente condicionada por el conjunto de sus creencias. Estas pueden haberle sido impuestas o, puede que hayan sido adquiridas. Sea como sea la forma en la que estas llegaron a parar en el interior de su cerebro, ahora mismo están conformando las leyes que rigen su mente y la forma en la que ve el mundo. No creo que haya ni una sola persona que tenga una estructura de creencias totalmente igual a la de otra. Y es por esto que no hay dos realidades iguales.

Se podría decir que nuestra realidad personal es como nuestra constitución y que las creencias, son las leyes que la componen. Lo más curioso de todo es que dependiendo de lo que esté escrito en dicha constitución, no solo va a variar la forma en la que vemos aquello que nos rodea, sino que también variarán nuestros sentimientos y reacciones. Esto se debe a que nuestra mente subconsciente está totalmente condicionada por nuestras creencias. Actúa en función del contenido que alberga cada una de ellas y en muchas ocasiones, lo hará si nuestro permiso.

Pongamos pues el ejemplo de una chica que al haber sufrido abusos sexuales por parte de su padre cuando era pequeña, ha desarrollado la creencia interna de que no puede fiarse de los hombres. En el momento en el que su pareja haga algo que pueda parecer sospechoso, su mente subconsciente le enviará todo tipo de pensamientos enfocados en esta línea y sin ser consciente de que todo este proceso se ha desatado por una creencia interna que aprendió hace muchos años, es muy posible que tome decisiones bajo su influencia. En la realidad de esta chica, los hombres son malos y ella debe de protegerse de ellos.

También podría poner el ejemplo de un niño que ha sido educado en la ferviente creencia de que ser homosexual es algo malo. Seguramente, en un gran número de ocasiones durante su infancia, la afirmación de que los gays son malos, fue llegando a sus oídos conformando de esta forma una creencia homófoba. Dado que ese pensamiento está bien instaurado en su constitución interna, en el momento en el que se encuentre frente a un homosexual, su mente subconsciente reaccionará desatando sentimientos de rechazo, asco o incluso ira. Lo único que diferencia a los homófobos del resto, es una creencia. Lo mismo sucede con la gente racista, xenófoba etc. En el momento en el que esa creencia desaparezca de su cerebro, dejará de comportarse de esa forma.

Las decisiones que tomamos día tras día van muy condicionadas por este grupo de creencias que un día asumimos como verdades. La mayor parte de ellas, nos han sido impuestas desde pequeños a través de las enseñanzas que hemos ido recibiendo, tanto por parte de nuestros padres, del colegio o a través de nuestras experiencias y el aprendizaje personal que hemos ido llevando desde que nacimos hasta el momento en el que nos encontramos en la actualidad.

Darse cuenta de una cosa así es muy importante porque es a partir de entonces cuando puedes empezar a plantearte que, no todo tiene que ser exactamente como lo ven tus ojos. ¿Es posible que mis creencias estén equivocadas? Esta es una pregunta que todos deberíamos hacernos en algún momento de nuestras vidas. Si nos aferramos a ellas como si fueran el santo grial, perderemos la capacidad de deshacernos de aquellas que solo nos estén haciendo daño. Tener la mente abierta para recibir nuevas ideas de cómo es el mundo, nos permitirá avanzar cada día más.

El principal problema de la mayor parte de la gente es que, ni siquiera es consciente de cuáles son sus propias creencias. Algunas de ellas si las conocen pero una gran parte permanecen ocultas en su interior.

En una posterior entrada, hablaré de cómo averiguar más acerca de cuáles son nuestras creencias y de cómo cambiarlas en el caso de habernos topado alguna que pensemos que no está ejerciendo una influencia positiva en nuestras vidas.


“Las creencias son las leyes que rigen nuestra realidad”