lunes, 9 de noviembre de 2015

Una realidad que nos convierte en marionetas

Siempre me he preguntado hasta que punto somos nosotros responsables de la persona en la que nos hemos convertido. No se cuánto de lo que soy viene por herencia genética,  por mi educación, por la influencia de la sociedad o por decisión propia. Yo me considero una persona equilibrada y con buenos valores. Me siento orgulloso de cómo soy. He trabajado mucho para perfeccionarme como persona y así contribuir a la sociedad siendo un individuo que pueda aportar algo al conjunto. No obstante, un día comencé a hacerme unas preguntas que me dejaron durante un largo tiempo sin respuesta. Ahora creo que la tengo y es precisamente de eso de lo que quiero hablar.

La pregunta es simple, ¿Tengo algo de mérito en la persona que me he convertido, o me ha sido impuesta sin haber tenido elección por mi entorno social (Padres, amigos, profesores, televisión etc..) junto con mi carga genética? ¿Pensaría de la misma forma si en vez de haber nacido en España, lo hubiera hecho en Irán? ¿O en Brasil? Seguramente no. Es posible que fuera alguien totalmente diferente. Esto se debe a que cuando nacemos, pasamos una parte de nuestras vidas desarrollándonos como persona. Tanto es así, que la parte de nuestro cerebro (lóbulo frontal) donde se supone que se alberga el sentido común, la personalidad, el carácter, y todo lo que nos diferencia de los animales, no termina de formarse hasta los 25 años de edad.  Es por eso, por lo que pienso que durante el tiempo que transcurre hasta que somos capaces, físicamente hablando, de tomar las riendas de nuestra vida gracias al hecho de disponer de un cuerpo humano completamente desarrollado, suceden muchas cosas de vital importancia que pueden dañar nuestro cerebro hasta el punto de anularnos completamente como personas, convirtiéndonos en unos monigotes que solo se rigen por las conductas que le han sido inculcadas. Seres sin esa consciencia natural que nos da un toque cuando hacemos algo mal.

Para que una persona pueda comportarse con libertad para elegir su camino, antes tiene que haber llevado una vida en la que se le haya permitido llegar hasta ese punto. Si el entorno influye de una forma demasiado agresiva e intensa en su mente, es muy posible que nunca llegue a alcanzar esa capacidad. Explicándolo de una forma un poco más filosófica, yo diría que en el mundo existe una realidad absoluta, y una realidad por cada individuo.  Esta realidad individual, es la forma en la que cada uno ve el mundo. Lo ideal sería conseguir que esa realidad individual se asemejase lo máximo posible a la real. En el momento de nuestro nacimiento, no somos ni buenos ni malos. Es cierto que llevamos en los genes una serie de tendencias que pueden impulsarnos a coger malos o buenos caminos. Pero al fin y al cabo, solo son tendencias, y éstas,  no nos encasillan en un fatal destino del que no podamos escapar. Solo nos hacen más propensos a un camino que al otro.

Realmente existen personas a las que en su periodo de crecimiento y formación, en el cual eran profundamente influenciables por no disponer todavía de plenas capacidades cerebrales y físicas, se les ha machacado y lavado la mente hasta tal punto que, su capacidad de reflexión y raciocinio fueron casi completamente anulados, convirtiéndolos en fanáticos obsesivos de las ideas que les fueron grabadas a fuego en sus mentes a modo de creencias.  Para que se pueda entender esta idea con claridad, voy a poner un ejemplo. Imaginemos pues, el caso de un niño nacido en una familia de radicales islamistas que desde el momento en que fue concebido, todas las ideas que llegaron a sus oídos iban encamadas a convertirle en un radical más. Día tras día, fue avasallado con información relativa a las creencias de su entorno radical. Todo lo que ese niño vio de su familia, amigos, conocidos, medios de comunicación etc iba por la misma línea. Mucha fuerza hace falta para poder sobreponerse a semejante influencia y cuestionarse si ese es o no, un buen camino que recorrer. Si la realidad que te es inculcada consiste en que el mundo está en tu contra y que todos los que te rodean son enemigos, probablemente intentes protegerte del resto agrediendo tu primero. Es posible que yo, con una desastrosa educación absorbente  y estrictamente religiosa, hubiera sido un suicida como los que matan a decenas de personas en Bagdad o Palestina. Una de esas personas que están tan influenciadas por su entorno que no son capaces ni siquiera de asomarse a la realidad. Hace falta tener un alma muy especial como para poder salir por cuenta propia de todo eso. Y lamentablemente, esa fuerza no es muy común entre la mayor parte de los seres humanos.

He de reconocer que durante mucho tiempo me he negado a mí mismo la posibilidad de que esta idea fuera cierta. Siempre he querido pensar cosas como que, somos nosotros quienes elegimos por propia voluntad nuestros caminos y que si alguien decide hacer el mal, es bajo su responsabilidad. Siempre he querido pensar que todos tenemos la capacidad de elegir y tomar la decisión correcta.  No podía soportar la idea de que alguien pudiera hacer una barbaridad y que no se le pudiera juzgar por la razón de que en realidad, no disponía de la misma capacidad necesaria como para poder discernir entre lo bueno y lo malo. Pero ahora, no puedo evitar pensar que, en ocasiones, el daño que hacen ciertas personas sobre otras, no se debe a la maldad, sino a una total ausencia de sentido común y desconocimiento absoluto de cuál es la realidad. ¿Cómo podríamos culpabilizar a esta gente? ¿No son ellos las primeras víctimas? Pero claro, tampoco podemos permitir que hagan daño a otras personas inocentes. Realmente, qué hacer con ellos, es una cuestión muy difícil de resolver…

No obstante, todo cambia si aproximadamente durante esos primero 20 años de vida, las influencias externas nos dejan un poco de margen para permitirnos disponer de la capacidad de reflexionar y hacernos cuestiones sobre lo que no rodea. En ese caso,  cuando por fin llegamos a la edad en la que de verdad tomamos las riendas de nuestras vidas, entre los 21 y los 25 años, estaremos asumiendo también la completa responsabilidad de todo lo que hacemos, ya que de forma natural, en nuestro interior dispondremos de  una vocecita que nos avisará de cuándo alguno de nuestros actos es malo o bueno. Una consciencia que, gracias a que nuestro entorno no nos lavó el cerebro con unas creencias erróneas,  permanecerá encendida durante el resto de nuestras vidas, aportándonos gran cantidad de información valiosa acerca de cuáles son los mejores y peores caminos. Después de eso, de nosotros dependerá hacerle caso o no.


“Sin la luz de la consciencia, somos marionetas a merced de nuestras creencias”



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